RECOMENDADO
a la memoria de Arnoldo Ellerman
Me
llamo Henoch y mi hermano Abel. No tengo buena salud, a ello se debe que
permanezca casi enclaustrado en esta vieja casona de Morón o de Haedo, en mi
familia nunca se ponen de acuerdo, aunque para el municipio no hay dudas,
pertenecemos a Morón, lo cual no impide que el tema se debata largamente en los
cumpleaños o en cualquier ocasión que nos convoque a reunirnos.
Nací
un veinticinco de agosto, aquí, en la casona. Mi abuela materna quería que
todos naciéramos en la misma habitación que nació mi madre, y aquí nacieron el
tío Arnoldo, mis hermanas, Aclima y Lebuda, y por supuesto Abel. Yo soy el
mayor, tengo mala salud, perdón esto ya lo dije.
Fui
descubriendo el mundo dentro de los salones de la casona, algunos con enormes
frescos que me impresionaban y aún me impresionan, como esa copia “Il vecchio e
la giovene”, del Veronese. ¿Serán David y Abisag? Posiblemente. Sobre la pared
que da a las vías del ferrocarril Sarmiento, cuelgan extraños tapices donde
conviven imágenes sagradas con otras paganas, a veces me agradan, generalmente
les temo, como a los bajorrelieves del frente de la casona, como a los leones
de mármol cipolino del jardín, jamás me acostumbraré a ellos, a nada de lo que
hay en la casona, ni a la vitrina con los trofeos ganados por papá y Abel, ni a
la estatuilla de Moreau que tanto le agrada a mi hermano, a él le gusta toda la
casona, y lo que hay en ella.
Abel
tiene buena salud. Crecimos juntos y somos tan distintos. Él es alegre,
inteligente, humilde, y tiene los ojos claros como tío Arnoldo.
Acostumbro a pasar las tardes, qué
digo, las mañanas y las noches también -las noches sobre todo, las largas
noches de insomnio-, en la biblioteca, como ahora, que estoy refugiado ante mi
Staunton, o leyendo algunos textos que me apasionan, como la Biblia, por
ejemplo. Hace horas que estoy sentado frente al tablero:
Es un problema de Ellerman, un mate
en dos. Seguramente el maestro lo habrá compuesto durante algunas de sus
estadías en su isla del Tigre o allí le dio forma definitiva o no, tal vez en
el Tigre, comenzó a componer esta sinfonía donde alfiles y peones acuerdan con
torres y demás figuras, para sorprender al monarca negro.
Siempre
me atrajo el arte de componer problemas de ajedrez (como al autor de Lolita),
pero apenas si alcance a dominar algunos elementos de la técnica para
resolverlos, no tengo capacidad para crearlos, a pesar de haber leído mucho
sobre ello: line opening, cross-check, half-pin y tantos otros temas. Abel no
sólo domina la técnica para resolverlos, también el arte de la composición. Una vez tío Arnoldo
vino con un viejo problemista yugoeslavo… No recuerdo el nombre. Decía que en
su juventud había sido amigo de Reti. Le pregunté cuál era el secreto para
componer problemas, me dijo que no había ninguno, que la clave residía en que
apenas se me ocurriese una idea, debía trabajar sobre ella, a mí jamás se me
ocurrió una idea, a Abel sí, muchas.
Aunque
me pase el resto de mi vida sentado ante
esta posición no voy a pedirle al tío Arnoldo que me lo resuelva, y menos a
Abel, antes prefiero morirme sin encontrar la solución. Aunque el tío Arnoldo
no nos visita más desde aquel día en que me regaló… No. No diré nada. Juré no
decir nada. Nunca. Jamás.
Fue
hace años, un veinticinco de agosto. Estaban todos reunidos en la sala de los
trofeos, donde Abel los fascinaba, como siempre, con su conversación, yo estaba
aquí, solo, como ahora, pero en vez de tener ante mí estas figuras de ébano y
boj, armoniosamente dispuestas por el talento del maestro Ellerman, tenía entre
mis manos, ante mis ojos (que son castaños, no claros como los de Abel), el
regalo de tío Arnoldo. Grite. Grite. Vinieron todos, hasta la abuela. Todos
preguntaban, querían saber: mamá quería saber, papá, mis hermanas, y por
supuesto, Abel, pero no dije nada, y no diré nada. Mamá me llevó a mi cuarto,
allí se le llenaron los ojos de lágrimas como a mí. Papá nunca más preguntó.
Abel tampoco. Desde ese día tío Arnoldo no volvió más, hace años ya, pero yo sé
y mamá también, que todos visitan a tío Arnoldo en su isla del Tigre.
-¿Qué
estás haciendo?-
Abel
entró de repente y me sorprendió en mis pensamientos. Hice un movimiento brusco
en el sillón.
-Qué,
¿te asusté?-
-Sí,
estaba… Estoy con esto…-le dije señalando el tablero.
-¿Y?-
-Y
nada.-
-¿No
lo podes resolver?-
-No.
No puedo.-
-Dejame
ver.-
Acercó
una silla y se sentó ante mí frente al tablero, apoyó los codos en la mesa y
con las manos se tomó la cara, y en silencio se puso analizar la posición. Yo
también, en silencio, me recosté en el sillón y me puse a estudiar a Abel, que
en ese preciso instante pensaba cómo dar caza al rey negro. Pero no de
cualquier manera. No buscaba un mate grosero. Abel, en este preciso instante,
busca dar jaque mate de la manera más bella, conjugando cada una de las piezas
que tiene sobre esa escaquera de sesenta y cuatro casillas (treinta y dos
blancas, y treinta y dos negras), donde cada una de las figuras: alfiles,
caballos, torres, damas, reyes y peones, cumplen, por lo menos, una función
clara, precisa, y Abel lo sabe, Abel sabe todo, por eso busca armonizarlas, para que la solución estalle como un
resplandor en el bosque, en la oscuridad del bosque, y deje ver toda la belleza
restallante, desnuda.
-Me
parece que ya está.-me lo dijo con alegría, pero con humildad.
Sentí
como mi corazón latía más aceleradamente. Levantó la vista del tablero y
mirándome con sus ojos claros me dijo:
-Caballo
e2.-
De golpe las orejas se me
pusieron calientes y las manos frías, traspiradas. Baje la vista hacia el
tablero, mientras él, con su mano derecha (también tiene bellas manos), tomó el
caballo de la casilla d4 y lo traslado a la casilla e2.
-Se
amenaza mate con la dama en d4.-me dice.
En
este momento, en este preciso instante, hay sentimientos encontrados que nacen
en mi corazón y en mi mente y en mi sangre, lastima, pena, desprecio, y también, por qué no decirlo,
admiración, respeto, y también, por qué no confesarlo, odio.
Tomo
la torre de c5 y la llevo a d5.
Abel
piensa, qué digo, no piensa, con una rapidez sorprendente, juega el caballo a
la casilla c3, dándome jaque mate. Y así con esa rapidez, con su brillante inteligencia va refutando cada una
de mis jugadas.
En
este vertiginoso instante, en esta secuencia de vertiginosos instantes,
mientras Abel refuta uno a uno todos mis movimientos, pienso en el regalo de
tío Arnoldo, y me juro matarlo.
Mi
corazón se desacelera, pero mis manos siguen traspiradas.
Tal
vez el Demonio acuda en mi auxilio, en forma de hombre, con un cuervo en la
mano.
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