lunes, 7 de agosto de 2017

LAS PIEDRAS

  
LAS PIEDRAS

a Roger Caillois-Homenaje a un enemigo

No es cierto que una piedra que se asemeja a un haba impida a los perros ladrar y que las piedras del Monte Micenas nos protegen de toda visión monstruosa.
Tampoco es verdad que hay piedras cuyo nombre ignoro que protegen a las vírgenes de toda violación.
No creo en nada de lo que cuentan Tesifón y Aristóbulo.
No creo a Heráclides cuando sostiene que en el Monte Ida, donde aqueos y troyanos practicaban dantescas carnicerías, hubiera piedras que se hacen visibles mientras se celebran los conclaves de césares y de dioses.
Afirmar que los betilos son piedras arrojadas desde el cielo envueltas en un círculo de fuego y que en Ahaia (¿está próxima a Thesalia, donde Apolo mató a la Pitón?), en Arcadia, en Beocia (¡oh Píndaro!) y en Siria se les rinde culto, es como afirmar: todo eso tiene que ver con  Roger Caillois porque fue invitado por Victoria Ocampo a conocer nuestras pampas y que todo lo que acontece  tiene relaciones quién sabe con qué arcanos, venidos de otras galaxias.
Si el Infinito no tiene ni principio ni fin, ¿cómo se puede hablar del principio del caos?
Hablar de las mallas quebradizas del cobre extraído del lago de Michigan y encabalgarlo a algo que jamás estuvo vivo y vestirlo, pretenciosamente, con un sudario ligero y a la vez suntuoso es una pretensión estéril.
¿Si no es de las entrañas del surrealismo, cómo alguien puede referirse a los jaspes como objetos de demencia y esquizofrenia?
Si no es desde las entrañas de la poesía, cómo se puede escribir:
 “Un universo de  volutas, de ramajes, de majares,  de pleuras,  donde emergen rostros despellejados, junto con un abanico de músculos en carne viva en la cavidades de los huesos”
Senos cortados al ras, pezones inflados, cuerpos crucificados por corrientes que los paraliza o no, mientras se enumeran utensilios como:
husos, bobinas, lanzaderas, agujas, hilos de coser, trompos, muñecas talladas en ébano, en boj, muñecas rubias, muñecas negras, escaques donde los alfiles se deslizan por las diagonales sin desprenderse de sus bonetes de tres pompones o sus mitras de obispos, todo reducido a una tela pintada dentro de una jaula colmada de suspiros traídos desde otro universo donde Caissa decide sobre una sábana mojada que luce una órbita de pestañas azules tatuadas en los hombros de vírgenes enamoradas de Safo, a la que le envían epístolas de amor robadas de un banquete celebrado en un crucero que navega entre las  islas del Egeo.
La septaria nada tiene que ver con una estalactita, pero sí con un blíster del tamaño de los de cafiaspirina y nos recuerdan corolas donde la nostalgia se empapa de migrañas que se convierten en tabiques que inundan nuestras fosas nasales donde los obenques se transforman en imprescindibles diagramas voluptuosos e inquietos, pero carecen de entusiasmos igual que un espiral en una celda vacía.
Claro que se puede decir en una página impar que la imagen de un ágata es abstracta y en una par que es un dibujo de una perfecta sencillez y compararlas con pájaros que vuelan en círculos adheridos a los vientos alisios, vientos que ofrecen sus nervaduras a los rayos del sol, como una vana historia de ágatas en pena.
Me olvidé de comentar que una piedra septaria pude ser de color beige, marrón o amarillo.
Las ágatas están vinculadas a los látigos de los torturadores. También a las tejas verdes y a la piel de las serpientes. Dicen que los Borgias eran afectos a las ágatas. A veces ondas azuladas las atraviesan como  sismógrafos enloquecidos.
Los minerales como los peces y las flores primero pierden el color, después las formas, entonces nos quitamos los guantes y los zapatos y los arrojamos  lejos, junto a hojas de papel de arroz heredadas de la dinastía Ming.
Qué pensaría Victoria de todo esto al ver reflejado su bello cuerpo desnudo  en los espejos de las habitaciones donde celebraba las ceremonias más íntimas con Roger.
 ¿Qué es eso de desviar la mirada cuando estamos frente a una piedra de silicato de magnesio y el azar decidió que esa piedra se convierta en una pipa de espuma de mar para ser llevada al lienzo por Magritte?  
¿Cómo puede ser que haya columnas y agujas imaginarias, si estamos en territorio ferozmente poético? En el continente poético nada es imaginario, nada es virtual.
Afirmar que las piedras no tienen independencia ni sensibilidad ofende a Erato y a Euterpe. Querido Roger estos tratamientos tan bellamente sutiles fueron los que te enfrentaron con Bretón y Eluard hasta extenuar la vida de partículas rebeldes manipuladas por ávidos  industriales y financistas condenados a la usura y a la avaricia.
El esplendor del ágata visita los círculos consumidos por los marsupiales que descienden de los cobres cuando se confunden con los vicios amarillos igual a mínimos cristales cómplices de las aguamarinas que se suceden sin abrazarse al coleóptero que sigue su derrotero gris sin volver la mirada atrás.
La che-tche es carnosa, es coral, es blanca, es negra al barniz,  es transparente y brillante. Tiene forma de hongo. Está adosada a piedras más grandes o a rocas más pequeñas. Aparenta a algo vivo, tiene cabeza, cola y cuatro o más extremidades y vive alejada de viandas de tres o cuatro pulgadas.
Decís que  en las tiendas de Pekín y las grandes ciudades de China y de Japón pueden comprarse piedras con diseños elegantes,  colocadas en nichos fabricados a medida. Roger: ¡cuánto fraude traducidos en vituallas!
Roger,  hoy, en las tiendas de quincallería de San Telmo hay piedras que ocultan su verdadero nombre detrás de mascaras que laten en el trajinar de los transeúntes: mujeres y hombres que desfilan luciendo sus tatuajes a paso de tango por los adoquines o sentados en las terrazas de los bares, ayer eran pulperías, por donde anduvo Gabino Ezeiza con su guitarra, sus versos y sin tatuajes, a no ser, un navajazo cruzándole la mejilla.
Tou Wan descendiente del poeta Tu Fu, en su Catálogo, describe los minerales más buscados y sus lugares de origen.   
Si el ágata mexicana después de ser pulida por el tiempo adopta la forma de un hacha que se alarga bruscamente como un falo y asume una terca voluntad de vivir y  si la nada del cielo se llama vacío y la de las montañas caverna y la del hombre retirada, entonces, Roger, ¿de qué lado de la vida está nuestro canto?


VICTORIO VERONESE

miércoles, 3 de mayo de 2017

aparicion en el bosque de los trebejos


APARICIÓN EN EL BOSQUE DE LOS TREBEJOS



           La leyenda cuenta que fue, precisamente, en el Bosque de los Trebejos; llamado así porque solían reunirse en él distintos grupos de aficionados y maestros a jugar al ajedrez. Pero esa mañana, al costado de un largo sendero del denso bosque, sólo se hallaban dos jóvenes sentados en un viejo tronco, jugando una partida de ajedrez.
Era media mañana y los rayos de sol se filtraban a través de las hojas de los altos árboles, dándoles una luminosidad muy particular a los dos jugadores. Más que dos seres reales, parecían dos seres pintados, en un paisaje que también parecía pintado. Tal vez la hora, tal vez el aire, tal vez el aroma de las flores, el vuelo de los pájaros, hacía que todo pareciese encantado.
Los jugadores, sin hablar, movían, cada uno a su turno, las piezas. El canto de los pájaros no los perturbaba, porque no agredía ese silencio necesario para concentrarse en los infinitos laberintos del milenario juego. El canto de los pájaros no agredía ese silencio, era parte del silencio de ese majestuoso bosque.
Allá, al fondo, casi al final del camino, alguien avanza hacia ellos. Los jóvenes, compenetrados en el juego, no advierten esa figura ágil, flotante, liviana como el aire, vestida con un largo traje de tul de dos colores: uno claro y otro oscuro (uno blanco y otro negro).
¿Quién es? ¿Quién era? ¿Quién será? ¿Qué hace en el Bosque de los Trebejos? ¿Es un ser real? ¿Un hada? ¿Acaso una visión?
Continúa avanzando hacia los jugadores. Ellos siguen concentrados, en busca de la mejor jugada, en cada posición. Ella, la figura real o imaginaria, hacia ellos camina...
Camina es una manera de decir, porque más que caminar, con sus bellos pies descalzos parece flotar, no pisar el suelo de tierra color ladrillo. Parece alada, suspendida a centímetros del suelo.
¿Quién es? ¿Quién será?
Joven, bella, elegante, trajeada con sus tules, con su largo cabello que le cae hasta la cintura adornado con flores, con la mirada atenta, la sonrisa leve, suave, delicada, misteriosa.
Ya está, pocos metros la separan de los jugadores, unos pocos pasos más de esos pies alados, venidos quién sabe de qué confines, de qué territorios desconocidos.
Llegó. Se detuvo. Dejó de flotar. De volar. Pero igual parecía que no apoyaba sus bellos pies desnudos en el suelo; estaba detenida, como suspendida en el aire. Fue precisamente en ese momento, que los dos jugadores alzaron al mismo tiempo sus cabezas en dirección a esa figura y, sorprendidos y embelesados, exclamaron, también al mismo tiempo:
-         ¿Quién eres? – le preguntó Anselmo, el primer jugador, el que conducía las piezas blancas.
-         ¿Quién sos? – le preguntó Dieguito, el segundo jugador, el que conducía las piezas negras.
-         Caissa – dijo ella con una voz transparente y firme.
-         ¡¡La diosa del ajedrez!! – dijo Anselmo.
-         La misma – contestó ella con el mismo tono que había pronunciado su nombre.
-         Eres bellísima – dijo Anselmo.
-         Sos bellísima – dijo Dieguito.
-         Gracias – les dijo ella.
-         ¿Sabes que eres una de las deidades más misteriosas? – preguntó Anselmo.
-         Lo sé – contestó la joven diosa con orgullo
-         ¿Es infinito el ajedrez? – volvió a preguntar Anselmo.
-         Casi infinito – respondió ella.
-         Entonces algún día se conocerán todas las movidas, todas las posibilidades de tu fascinante juego – dijo Anselmo.
-         Seguramente; pero eso no le quitará fascinación – le dijo ella con una sonrisa segura.
-         La computadora – dijo Dieguito.
Ella se quedó mirándolo en silencio. Después de unos segundos, Dieguito le preguntó:
-         ¿Sabés de lo que hablo?
-         Claro que lo sé – le dijo ella
-         ¿Y no tenés miedo?
-         ¿Por qué tendría que tener miedo? – le dijo ella.
-         La computadora – insistió Anselmo.
-         ¿Y qué tiene; qué tiene de fascinante? ¿Qué tiene de fascinante un automóvil, un tren, un avión, en ganarle a correr a un hombre? Nada. Es lo que corresponde. No veo fascinación en ello; veo una lógica. Que, si ustedes me permiten, diría que es primitiva. La fuerza bruta vence...
-         La computadora no es una fuerza bruta – le interrumpe Dieguito.
-         No dije que la computadora sea fuerza bruta...
-         ¡Cómo que no dijiste! – dijo Dieguito alzando la voz.
-         ¡Claro! – intervino Anselmo apoyando a Dieguito.
-         No se apresuren; déjenme explicarles – dijo ella con tono calmo.
-         Te escuchamos – dijo Anselmo.
-         Ustedes están jugando una partida de ajedrez, ¿no? – preguntó ella.
-         Sí.
-         Sí.
-         Aquí están el tablero y las piezas, ¿cierto? – volvió a preguntar ella con tono calmo.
-         Sí.
-         Sí.
Ella ahora, dirigiéndose a Anselmo, le preguntó:
-        ¿Tú permitirías que él, tu adversario – lo señaló con un leve movimiento de su cabeza- consultara un libro mientras juega contigo?
-        ¡Nunca! – respondió con rapidez Anselmo.
-        ¿Por qué? – le preguntó la Diosa; esta vez había en su sonrisa una pequeña, pequeñísima ironía.
-        Sería ilegal. Sería como hacer trampas.
-        Sabía que me ibas a decir esto – le dijo ella, triunfante.
-        ¿No tengo razón? – se defendió Anselmo.
-        Claro que tienes razón. ¿Dónde estaría el mérito de tu rival, si te ganara consultando libros de ajedrez? – le dijo la Diosa, y se quedó esperando una respuesta.
-        Casi no habría mérito... o no habría ningún mérito – contestó Anselmo.
-        Pues entonces, ¿en dónde está el mérito de la computadora, que te gana a ti o a tu rival, o a quien sea, teniendo un archivo donde consultar cuál es la mejor jugada, en las distintas posiciones? ¿Acaso no nos damos cuenta que esta tecnología, de alguna manera, nos hace trampas? La computadora, claro que sirve. Y mucho. Muchísimo. Para todo aquel que quiera estudiar, investigar, y así avanzar y descubrir los secretos de mi fascinante juego. Pero es absurdo pretender que un hombre le gane a la computadora. Nadie pretende que un hombre corra a pie contra un Fórmula Uno y le gane. Nadie. Entonces, por qué sostener y alimentar ese deseo perverso: que un hombre venza a la computadora. Bienvenidos sean los programas Deep Blue, Deep Junior, Genius, Fritz. Bienvenidas sean todas las mentes electrónicas... pero como cerebros electrónicos, no para competir con el hombre; para servir al hombre. Perdónenme que los haya interrumpido. No se hace. Pero tenía deseos, y no sólo deseos, tenía una necesidad profunda de tener esta charla con ustedes. Ahora los dejo; debo irme. Continúen jugando el más fascinante de los juegos, haciendo maravillosos cálculos matemáticos, y descubriendo y creando las más bellas y fantásticas figuras geométricas. ¡Suerte; buena suerte!

          Y con estas palabras, la diosa Caissa desapareció tan misteriosamente como había aparecido.
Los dos jóvenes jugadores, sorprendidos por esta aparición, quedaron fascinados, y fascinados volvieron a jugar al más fascinante de los juegos.


lunes, 27 de febrero de 2017



LEONARDO  FAVIO

Aferrado inútilmente a su bastón,
Leonardo Favio se está muriendo.

Muchos virarán, una vez más, al cáncer.

Leonardo Favio es peronista y los peronistas
nos tenemos que morir de cáncer,
es la muerte que eligieron para nosotros
los gorilas de todos los pelajes,
los que leen La Nación y los que no leen La Nación.

¿Cómo alguien que hizo el Romance del Aniceto
y la Francisca, puede ser peronista?
Es justo que un peronista muera de cáncer,
pero no es lógico que haga
el Romance del Aniceto y la Francisca,
para eso hay que poseer virtudes
que los peronistas no poseemos.

Debe haber un error
o Favio miente y no es peronista,
o los gorilas se equivocan cuando se consideran
 sensibles-inteligentes-sutiles-
capaces de belleza-de poesía-,
pero Favio insiste, ahora quiere filmar
un ballet con el Romance,
pero los gorilas nunca se equivocan:
un peronista  tiene que morir de cáncer.
¡Pero Favio insiste! Quiere hacer un ballet con el Romance.

 Pero los gorilas nunca se equivocan,
menos en nuestra Patria,
hace doscientos años que no se equivocan.

En su departamento del barrio judío de Once,
se está muriendo Leonardo Favio,
aferrado inútilmente a su bastón.

Victorio Veronese

lunes, 23 de enero de 2017

Antonin

A  ANTONIN A  ARTAUD

Antonin:
El único vino virtuoso es el flujo vaginal.
No me interesa oír al cielo murmurar sobre sus cristales, ni poner una sombra ante nadie ni le tengo miedo a ningún saber terrible.
Qué significa eso de los nudos (¿en el alma?) y ¿que alguien esté más cerca de mí que mi madre?
 No me desnudo ante nadie, menos de una Vidente y mucho menos si es bella y tiene ojos azules y vive en una habitación pobre ataviada con trapos de infinitos colores,  rodeada de amuletos, de huesos de animales y de humanos, que pueden ir de simples falanges a manos y pies con sus cinco dedos, tibias, fémures, perones, calaveras de mujeres huarpes, algún esqueleto de lechuza, muñecas diseñadas por hábiles manos de mujeres nacidas en un continente fabuloso, vos las viste danzar bajo las visiones desordenadas por el elixir de las hojas de peyote en una tierra estupenda, maravillosa, mágica, que no es tu fatigada Europa, no, no me desnudo ante ninguna Vidente, y menos ante la tuya, sólo me desnudo ante mí.
Heliogábalo, ese pornógrafo nacido en Siria, siempre dispuesto en destruir al otro, no era un seguidor de ningún dios solar.
 No existe un ojo vertiginoso que me recorra sin término como al Generalísimo entre las llamas de su infierno.
Tú presencia en el Napoleón de Gance, tu rostro en La Pasión de Juana, de Dreyer, no te hacen dueño de ningún oráculo, simplemente porque Dios no existe.
Justamente porque Dios no existe el nazi Latrémoliére se asumió como Dios y te sometió a más de cincuenta electroshocks en el campo de concentración de Rodez.
Racedo dice que la locura es un ángulo partido, un miedo triangular que escapa del último de los sueños cuando amanece, quien te dice Antonin, que no tenga razón, y la locura sea una ventana abierta al vértigo… Ella también conoció y sufrió a un discípulo de Latrémoliére.
Todo porque Él no existe. Por eso aullabas y golpeabas tu rostro y tu cuerpo sobre el escenario.
Smerling también agredió a su cuerpo porque su alma fue abandonada  por Dios.
¿De qué felicidad hablas? ¿Cómo te atreves afirmar que hay un juez absolutamente puro?
Lo terrible no está en las espaldas de nadie, nos espera en lo más avanzado del camino.
No hay discordia armoniosa porque nunca hubo armonía. Nadie nos puede anunciar la nivelación de nuestras vidas, porque a nadie le interesa nuestras vidas, eso lo viviste en plenitud en el campo de Rodez.
Querido Antonin, lo única certeza de nuestra carne es la muerte. Nadie entra sin traquetear en ella.
Entre Allen y vos me quedo con Allen. Él se fue con la vecina negra cuando lo fue a buscar para que intercediera ante los hijos de puta de siempre para que no desalojaran a cientos de negras y negros de sus humildes casas, y paralizó la filmación del documental que el puro equipo ario estaba realizando sobre él. No puso ante el drama que vivía la vecina negra, los egoístas fantasmas que habitaban su espíritu. No enarboló su angustia existencial, que seguramente lo atormentaba como a nosotros, no, priorizó la realidad, la angustia de la realidad que padecía la vecina negra sobre su angustia existencial.
Qué es eso que las potencias espirituales son el único caso de exaltación del mundo. ¿Y las potencias de la carne?
Decís que la vida es buena porque una Vidente está ante nosotros, la vida no es buena, la vida es, está, simplemente está.
Ningún opio es bueno.
En la vida nada es puro, aunque reconozco que tu locura fue pura, pero tu locura no fue de este mundo, por eso te amo.
No hay razón que explique nuestro desembarco en la tierra. Ninguna.
Más allá de lo que hiciste real o virtualmente con tu criadita querida, lo que viste en un rincón de tu cuarto no era un inmenso tablero de damas y los reflejos que caían sobre él no eran de una multitud de lámparas invisibles. Los cuerpos no tropezaban porque no tenían cabezas, hay cuerpos con cabezas que viven tropezando.
Puede ser que el caballo fuese de madera y la reina de morfina y que el amor pertenezca a un siglo venidero, pero no eran las manos de Hoffman que empujaban los trebejos, tampoco eran trebejos, era una manada de bisontes empujados por el viento, eran los toros de Guisando que llenaban las plazas echando humo por sus fauces. Los bisontes y los toros jamás te dijeron: No la busques por ahí. En el cielo nadie ve ángeles ni flechas azules devorando esqueletos de pescados.
Como todo poeta Gérard de Nerval te mentía: Tenga en cuenta que no está soñando. Tampoco era cierto que la criadita fuese su mujer, la criadita no era mujer de nadie.
¿Por qué le dedicaste CARTA A LA VIDENTE a Bretón? ¿Nada te anticipó tu bella Vidente de ojos azules? ¿Y sus poderes de adivinación? A vos también te digo: “¡Cuánto fraude traducidos en vituallas!”
Nadie conoce de antemano su muerte y si la conociéramos de nada nos serviría.
Tus ojos deseaban explorar las corrientes que gimen dentro de las piedras, era por la ausencia del buen Dios.
No te creo cuando decís que entraste en la Casa de la Vidente sin miedo, sin terror, sin curiosidad. Tampoco es verdad que un alma infectada de dolor,  no haga sufrir. Mentís cuando declamas qué estás liberado de toda miseria y que poco te importan que se abran ante vos las puertas y ventanas más terribles.
Si es cierto que había otra cosa, esa cosa no era un equilibrio venidero, vos lo sabías bien, tu suerte como la mía, ya estaba echada. Como la de todos. Hasta la de aquellos que aún no desembarcaron.
Ninguna posible eternidad nos redimirá por haber traicionado y por haber sido traicionado. Como todos fuiste engañado por esos ojos azules, que decía conocer tu pasado y te anunciaba el porvenir. Nada te resultaba dudoso en esa videncia anormal, porque en definitiva lo que buscabas era ser engañado, para tranquilizar tu espíritu, y por qué no, tu cuerpo, tu carne.
Es verdad, esa Señora participaba en la vida igual que nosotros, rodeada por sus muebles como nosotros lo estamos por los nuestros, ella estaba hecha de las necesidades corporales que la ubicaban en el Espacio y en el Tiempo. Nadie está fuera del Espacio y del Tiempo. Te recuerdo que Espacio y Tiempo son hijos de un mismo parto. Son gemelos. Nacieron de una misma placenta.
A vos te parecía que la Señora era demasiado bella, demasiado ligera, demasiado leve, que podía flotar en el Espacio, pero no era así,  más adelante reconoces que era bella como cualquiera de esas mujeres cuyos  espasmos, nos elevan hacia un umbral corporal.
Querido Antonin, ni en unos ojos azules, ni en un alma, ni en el rostro visible de la luna, ni sobre una escaquera de damas, podemos leer el porvenir, saber en qué escalinatas nos asesinaran como a César.
Sí Antonin, vivimos en la rareza.
En fin… Escuchemos a Smerling cantar:
VIVO EN LA RAREZA
me pregunto
¿por qué todo es tan raro ahora?
siento que el universo duerme en la rareza
y el mundo cae al mundo como una piedra al cielo
¡ay Señor!
yo también caigo en ese vago sueño
donde tientan los espejismos y las mutaciones
y de pronto
me aturden las alarmas de otra luz
que me incorpora
y recuesta sobre las voces y las músicas
y el milagroso dormirme
                            cuando llega otra vez
                                                 sin redes
                                                 la mañana
y nada despierta para avisarme
que sean movido las cosas
                                                 del sin lugar
y apenas es un apenas:
el corazón             la taquicardia
ver los telares de la muerte sonando y sonando
en sus escasos movimientos
y es tan raro          Señor
                                                todavía
                             aún y todavía
y cuando solamente el mundo sobre mis ojos azules pasando
 como un libre cometa desterrado hacia el peligro
                             ¡y es tan raro
                                                 Señor
                             seguir vivo de este modo!


a Josefina

TRAKL

 TRAKL

a la memoria de Jorge Smerling

             Esta noche ningún color me conmueve y menos me emociona un mueble oculto en una habitación de un bosque donde el sol brilló durante la mañana.
            ¿Quién te dijo que la podredumbre relumbra en la verde charca y que cierta marea permite la curación de leprosos?
           No escucho  música de violín  que surja de las baldosas de mi patio ni de ningún otro patio.
           No hay presencia de ratas.
           La luz de la luna no torna gris el rostro horrorizado en la pantalla del viejo televisor donde un tal Orson Welles interpreta a un tal Otelo de un tal Shakespeare.
          Nadie que despierte después de violentas pesadillas, se inca y reza un Padre Nuestro, menos un Ave María, como pretende un tal Marcos Aguínis.
          Hoy no registré a ninguna loca de suelta cabellera de pie junto a mi lecho  y tampoco vislumbré a una monja desnuda y flagelada rezando ante un Cristo martirizado.
         Sos vos Georg que escribís estas historias de aparecidos, donde en el sótano de alguna casa deshabitada  un muerto pinta con su blanca mano de cera un silencio sarcástico sobre un muro.  
        No sé qué hace un ateo como yo siguiéndote entre tantos muertos-vivos, entre tantos sollozos sin lágrimas, donde un mirlo se divierte junto a su primo en un cementerio abandonado.
        Sos vos quien me habla de imágenes puras de la muerte y de vitrales con efectos luctuosos y sombríos.
        Los amantes de Caissa no dialogan con espectros y yo soy un amante de Caissa.
         Acostumbro a dialogar sobre el tablero bicolor de sesenta y cuatro escaques donde conduzco mi ejercito de dieciséis trebejos sin pensar en arrodillarme ante nadie y menos ante un espectro que surge de una tumba o de un altar donde se celebran rituales cuyo objetivo es meternos miedo hasta del plato de sopa  servido por nuestra propia madre.
        Decís que agonizar se convierte en un goce, decís que a lo lejos, pequeñas luces surgen de viejas chozas, Maldoror podría afirmar que de pequeñas chozas surgen viejas luces, es como decir: El látigo mueve el brazo del cochero y no el brazo del cochero al látigo.
           ¿Quién ejecuta al toro, quién lo desangra allí en esa frontera donde los cuervos chapotean en la sangre?  ¿Serán cuervos o apenas visiones de cuervos? ¿Y la sangre será sangre?- 
  También me decís que a ratos cae una palabra simple en el absoluto silencio del mediodía y que las llamas del fogón son sombras de grotescas sotanas y que bellas mujeres escuchan ese silencio mientras la sangre late en sus sienes. En tanto el vaho animal circula por las alcobas y sus codiciosas miradas se cruzan con las codiciosas miradas de sus hombres.
 Afuera, más allá del vano de la puerta, canta un gallo.
Cuando las mujeres están en el campo sembrando, mientras tañen las campanas, también cantan.
Decís que los hombres se vuelven alegres en las jornadas en que hay que pisar uvas pardas y también decís que se abren de par en par las cámaras mortuorias espléndidamente tapizadas por la luz del sol. 
Hacer descender y ascender los cubos de agua hasta convertirse en un hechizo y ver como el hechizo se convierte en decadencia y la decadencia en parpados inflamados, mientras la hierba reseca se entrega  al volumen de ásperos pies de una joven hermana, tal vez una niña, sin protestar.
Cuando la niña se detiene ante su imagen en el espejo, siente horror por su  supuesta pureza.
Georg, ¿qué niña o niño no siente horror de su propia virginidad? ¿Qué niña o niño no siente temor por la virginidad ajena?
¿Qué hacia la niña tendida, lánguidamente despierta, deliciosa, sobre esos edredones de arpillera totalmente mugrientos?
No respiraba fatigosamente, jadeaba, y sobre la almohada su boca, más precisamente su risa, era igual a una herida abierta.
En ese anochecer  aparecían y flotaban sangrientos lienzos en busca de mínimas, pequeñas, brevísimas  treguas, donde el amor se desliza hasta lograr restaurar el oro azul, sus tonos pardos, las luces extraviadas que caen fugitivas en los aposentos del mar, en el instante en que enloquecidas cornejas hartas  de sed y  hambre vuelan sobre desolados y tristes paisajes.
Tiempo aquel donde un hospital, una iglesia y un puente se alzaban fantasmales en el amenazador crepúsculo. Todo asumía su rol al escuchar ese gong perdido entre las futuras estrellas que más tarde o más temprano ornarían el cielo. Justamente te diría que no es en el parque donde los hermanos temblorosos se contemplan, es en el cielo. En el cielo.
Claro que en las alas de la locura siempre está tu Dios, que esconde  en siniestras buhardillas las guitarras que se inclinan sobre los acordes de algún reloj de pared empotrado en la pared.
Por qué decís que ojos turbios juegan su penúltima  carta al ritmo de los barcos que oscilan en el mar, en el río y sobre el asfalto de tu ciudad, si todos suponemos que tu ciudad carecía de asfalto.
Cómo puede ser que precisamente allí, donde tambalea la negra silueta de un loco, se vislumbren osamentas a través de muros averiados y  reparados y vueltos a averiar.
Fue allí donde decidieron disolver los impolutos sones de las guitarras que patrullaban los aires corrompidos y por decisiones de los ejercen los pecados capitales y  gracias a las pequeñas  ninfas que aspiran a que los  impolutos sones de las guitarras fueran disueltos en hipoclorito de sodio en los alrededores del Jardín de las Delicias, donde Hieronymus Bosch convocó con sombría seriedad  las muertes de ninfas que mamaban  rojos pezones con sus labios marchitos, en tanto lejías alcanforadas  resbalaban sobre los húmedos  bucles de una adolescente solar. 
Es cierto que las ratas chillan y silban, silban y  chillan  en un basural, pero no es porque  están enamoradas, están famélicas.
Si un reloj de sol marca  la cinco, si un tenebroso espanto paraliza a los solitarios y los árboles desnudos zumban en los jardines del anochecer, qué muerto no se asomará a la ventana, mientras desde ese atalaya  fija sus  fríos ojos sobre los hombres que están clavando  el féretro en el jardín. Precisamente en el jardín, que no es el Jardín del Bosco.
Si los murciélagos chillan y los amantes se abrazan mientras duermen y hay luces que se extinguen en el viento y algún borracho deserta de una taberna, antes que la noche someta a la poca luz que le resta a la
muriente tarde.
          Decís que el demente ha muerto.
          Decís que a un aposento lo blanquearon con leche de cabra.
           Y que en una isla del Sur esperan recibir al dios Sol.
           Por eso se suceden grandes preparativos:
           Suenan los tambores.
           Los hombres practican danzas guerreras
           y las mujeres mecen sus caderas entre el vino, el fuego y las flores.
           Y el mar canta. Y las ninfas abandonaron los dorados bosques.
            Mientras entierran al extranjero, una lluvia fulgurante cae sobre el féretro y los curiosos.
           Un grupo de pequeñas niñas pobremente vestidas asistían a esa absurda ceremonia, nadie tenía piedad de ellas.
           En ciertos aposentos había sombras que consumían drogas y se abrazan entre todas.
           El hijo de Pan estaba presente, pero se ocultaba detrás de un disfraz como un simple jornalero.
  Decís que en las ventanas del hospital los pacientes buscan el sol.
  Cuando cae la tarde  los murciélagos danzan próximos al claustro. Será porque en el viejo asilo hay una barca que actúa de noche entre los despojos humanos.
  En los muros del jardín yacen como en el Borda, fémures,   costillas flotantes, labios leporinos de pacientes recién ingresados que Jacobo Fisjman dejo olvidados en la pared del fondo, tuvo que ir Celia a rescatarlos. Pero no pudo.
Después de todo esto cómo no van a salir ángeles con sus alas salpicadas de inmundicias.
Después de todo esto cómo pensas que no va haber una larga hilera de condenados quejándose.
Georg, Georg… ¡No! ¡No! En el Calvario ningún Dios abre sus ojos para mirarnos y menos Él.
 Vos  crees que en algún momento los abrió para verte o para ver a Celia o Fisjman o a Smerling o al mismísimo Allen Ginsberg. Dios ejecuta la más cruel de las danzas, su estrategia es dejarnos  librados a nuestra suerte, más, por donde andamos nosotros establece zona liberada.
Vos sabes que yo no creo en las versiones oficiales, que sostienen que el fin de tus días se debió a una sobredosis, no. Fuiste empujado a esa decisión porque estabas cansado como Smerling de esperar una señal de Dios.
Todos aquellos que poseen polvo en el alma decidieron por la sobredosis. Yo, repito, por los no milagros, por la ausencia de señales, por la indiferencia de Dios.
En algún lugar de tus confesiones, si es que son confesiones, decís que las sombras de los condenados descienden hacia las aguas quejumbrosas y que un mago blanco juega con sus serpientes. ¿Quién no juega con sus serpientes y quién no desciende hacia las aguas sollozantes?
Siempre el dolor desciende o asciende a la mirada del hombre, y no sólo del hombre también de las bestias y hasta en la mirada de los animales domésticos.
Los enfermos que se arrastran en otoño, son patéticos, y lo son también en primavera, en verano y en el crudo invierno. Porque la universal desdicha atraviesa no sólo la jornada de hoy, la angustia existencial atraviesa todas las jornadas de nuestras vidas, vos lo sabes: Dios no existe, si existiese sería el gran culpable, y no creo que vos, quieras declararlo culpable. Yo tampoco.
Si nuestro destino es mísero, ¿cómo sería el de Dios si existiera?
 Qué diría del cuerpo sin vida de la huérfana encontrado por los pastores entre las malezas.
 ¿Por qué la mujer del anciano danza? ¿Por qué tiene el pelo mugriento? ¿Por qué la frente de los muchachos está excoriada por la lepra?
Porque Dios está en su ataúd y el ataúd es dorado.
Los caracoles se arrastran.
Los ciegos derraman incienso.
Las muchachas se arrojan sobre el cuerpo del Señor.
El pordiosero engulle su sopa.
La embriaguez del vino, el paladar de las nueces, el vértigo asociado a un posadero obeso que envuelto en nubes de tabaco posa sus manos sobre su pesado vientre.
Georg todos estamos en estado de agonía desde nuestro primer berrido. Los paisajes de nuestra infancia son la prolongación de ese berrido.
Tenés razón: qué pálidas son las madres.
No recuerdo dónde el caballo te miraba fijo. Vaya a saber qué pensaba de vos y de todo aquello que lo rodeaba. ¿Y cuando tenía sed también tomaba del estanque de nuestra infancia? Todo esto sucedió al principio, hace mucho tiempo, cuando gateabas.
Me decís que los frutos pueriles del saúco se inclinan sorprendidos sobre una tumba vacía, ¿será la nuestra?
Puede que Dios esté allí, donde gráciles criadas avanzan en la noche por callejuelas en pos de jóvenes pastores, para reunirse con ellos en sus chozas y elevar su dulce canto al cielo, a modo de gracias. Pero, ¿dónde está Dios cuando los leprosos se miran en las negras aguas o cuando arrojan sus sucios ropajes y se exponen con todas sus miserias ante ellos mismos? No creo que el balsámico viento que les llega de las colinas les alcance.
Cuando el sueño de la hermana es grávido, denso, pesado, el viento acaricia sus cabellos con los glaucos rayos de la Luna y la Luna en su silencio es majestuosa como una piedra majestuosa.


      VICTORIO  VERONESE