jueves, 24 de enero de 2019

EL HOMBRE ATLÁNTICO - por Marguerite Duras


No vas a mirar fijamente a la cámara. 
Excepto...         cuando yo te diga que lo hagas.
Olvidarás.       
Olvidarás.
Olvidarás que éste sos vos.   
Creo que se puede hacer.      
También te vas a olvidar de la cámara.        
Pero sobre todas las cosas vas a olvidarte que éste sos vos.
Vos.
Sí, creo que puede hacerse,
por ejemplo, desde otros puntos de vista,  
el punto de vista de la muerte alrededor de otros,     
tu muerte, perdida en alguna parte     
en el medio de una innombrable y penetrante muerte.
Observarás lo que estás viendo.   
Pero lo verás de manera absoluta.       
Intentarás verlo hasta que tu vista falle se fatigue, te diga basta,   
hasta que te vuelvas ciego,   
e incluso a través de ésa ceguera 
deberás intentar mirar nuevamente.   
Hasta el final.
Vos me preguntás: ¿Mirar qué?
Yo digo, bueno, Yo digo
el mar,    
sí,    
esta palabra, enfrentándote,        
éstos muros enfrentando al mar, 
estas sucesivas desapariciones,    
éste perro,      
ésta costa,      
éste pájaro  debajo del viento del Atlántico.
Escuchá. 
Todavía creo que incluso si no fueras a mirar
a lo que aparece ante vos, igualmente aparecería en la pantalla.
Y la pantalla quedaría en blanco o en negro
más precisamente en negro.
Lo que verás allí,    
lo que verás allí,     
el mar, los cristales de las ventanas,    
el muro, 
el mar debajo de los cristales,       
los ventanales en las paredes,      
cosas que nunca has visto antes,
que nunca antes habías observado.
Pensarás que esto, que está a punto de ocurrir,
no es un ensayo,    
que ésta es la primera noche,       
así como tu mismísima vida es una primera noche
como cada segundo lo revela.      
Que entre millones de hombres  lanzándose hacia la muerte
a través de los años,      
vos sos el único       que se mantiene erguido por sí mismo,
 en mi presencia, sólo en mi presencia,
en éste preciso momento de la película que se está haciendo
(como la que se filmó en Roma  cuando el personaje del hombre
avanzo hacía mí para verme dormir o verme simular  dormir).
Pensarás que sos vos a quien yo elegí.
Yo. Vos.  
Vos que estás en todo momento todo de vos, junto a mi,
y ésto es verdad hagas lo que hagas,   
aún estando lejos o cerca de mis esperanzas.
Vas a pensar solo acerca de vos,  
éste mar que aún no ha tomado lugar,
aquél viento y aquella gaviota
separados por primera vez,  
y aquél perro perdido.  
Pensarás que el milagro
no está en aparente similitud       
entre cada una de las particulas   que forman a ésos millones de hombres
en su contínuo lanzamiento,
pero en la irreducible diferencia que los separa,
que separa a los hombres de los perros,
y a los perros, de la película 
y al mar de la arena,      
y a Dios, del perro 
...o de la tenaz gaviota   luchando contra el viento,
del líquido cristalino de tus ojos, 
de la herida de las arenas,    
del irrespirable        aire viciado en el pasillo
de aquél hotel        
después de la deslumbrante luz    de la playa,
de cada palabra de cada frase,
de cada línea de cada libro,
de cada día y cada siglo
y cada eternidad pasada
o futura  
y de vos y yo. 
Durante tu estadía,        
deberás creer
en tu majestuosidad inalienable.
Procederás.    
Caminarás al igual que cuando estás solo
y cuando creas        que alguien te está observando,
ya sea Dios o yo,    
o ése perro a lo largo del mar,      
o aquella trágica gaviota desafiando al viento,  
tan solo en presencia del elemento Atlántico.
Yo quise decir:        
las películas creen que pueden presevar     
lo que estás haciendo en éste momento.    
Pero vos,
desde donde estás,        
sea donde sea,       
cuando te hayas ido aún llevarás la arena,
o el viento, o el mar,      
o el muro, o el pájaro,   
o el perro,       
te vas a dar cuenta que eso es algo que la película no puede hacer.
Andá a hacer otra cosa.
Renunciá.        
Procedé. 
Ya vas a ver,   
todo vendrá de tu caminata a lo largo del mar,
más allá de los pilares en la sala, 
de los movimientos de tu cuerpo
que hasta ahora,   
los habías pensado naturales.      
Girarás a tu derecha      
y caminarás a lo largo de los cristales de las ventanas y el mar,
el mar a través de los cristales,      los ventanales en las paredes,
el oro, y el viento, 
y el perro.       
Lo has logrado.       
Estás en el borde del mar,     
estás en el borde de aquellas cosas atrapado alrededor de ellas
por tus ojos.   
Ahora el mar está a tu izquierda. 
Podés escuchar su murmullo mezclado con el viento.
A grandes pasos avanza hacia vos,
hacia los médanos en la costa.     
Vos y el mar,  
son sólo uno para mí,    
un único objeto, el objeto de mi rol en ésta aventura.
Yo también lo observo. 
Tenés que mirarlo como lo hago yo,    
como lo hago yo,   
con todo mi poder, desde donde vos estás.
Dejaste el campo de visión de la cámara.    
Estás ausente.
Con tu partida, tu ausencia se ha hecho lugar,   
fue fotografiada tal cual fue fotografiada previamente tu presencia.
Tu vida se ha distanciado.     
Ahora sólo queda tu ausencia,     
sin cuerpo,      
sin ninguna posibilidad de alcanzarlo,
o caer presa del deseo. 
Estás precisamente en ningún lugar.   
Ya no sos más el elegido.       
No queda nada de vos  
excepto ésta ausencia flotante,     ambulatoria,
que llena la pantalla,    
como pueblos por sí mismos, por qué no?
una plegaria en el Lejano Oeste,  
o éste hotel abandonado,     
o aquellas arenas. 
Nada sucede excepto ésta ausencia ahogada en arrepentimiento
y que, a ésta altura no deja nada
por lo que llorar.    
No te dejes superar por estas lágrimas,
por ésta tristeza.    
No. 
Continuá a olvidar,        
a ignorar el futuro de todo ésto,
y también tu propio futuro.  
La noche anterior, 
después de tu partida final,  
Entré en la habitación de la planta baja,
que se abre hacia el parque,
allí a donde voy siempre : el trágico mes de Junio,
el mes que lleva al Invierno. 
Había barrido la casa, había limpiado todo como si se estuviera preparando para mi funeral.
Todo había sido limpiado de su vida, vaciado de rastros
y luego me dije a mí misma: 
Voy a empezar a escribir, para curarme de la mentira de todo éste
affair amoroso que está terminando.  
Limpié mis cosas, algunas cosas, todo está limpio, todo:   
mi cuerpo, mi pelo, mi ropa, las habitaciones de la casa,
todas, el parque todo.
Y después empecé a escribir
Cuando todo estaba preparado para mi muerte, empecé a escribir,
a escribir de lo que precisamente conozco,
lo que vos nunca comprendiste,  
sabiendo que nunca ibas a entenderlo.       
Así es como sucede.       
Siempre me dirigí a tu falta de entendimiento.  
Sin ello, verás, no hubiera valido la pena.
Pero repentinamente le tomé
un poco de cariño a ésa imposibilidad tuya.
La dejaré en tus manos, no tengo lugar para ella.
Te la voy a devolver,      
mi deseo es que la lleves con vos,
que la vuelvas parte de tus sueños,      
parte del sueño en descomposición,
del que te dijeron que era la felicidad.
        
Me refiero a la decadencia de la mutua felicidad de los amantes.    
Y del día que regresó      como usualmente,
en lágrimas, lista para la actuación,
y una vez más la actuación toma lugar.
Y en lugar de morir salí a la terraza en el parque
y sin emoción grité en voz alta la fecha de ése día:
Lunes 15 de junio, 1981,
el día que te fuiste con ése terrible calor
ésta vez creí, que era para siempre.
Creo que no sufrí tu partida.
Todo fue usual,      
los árboles, las rosas,     
la sombra de la casa reflejada en el parque, en el mar.
el tiempo y la fecha,      
y aún así vos, vos estabas ausente.
No creo que tengas que volver.    
Alrededor del parque, las palomas en los tejados
llamaron a sus compañeros para que las acompañen.       
Después se hicieron las siete de la tarde.
Me dije a mí misma que te habría amado.  
Creía que todo lo que me quedó de vos no fue más que
un recuerdo vacilante,  
pero no, 
Estaba equivocada,        
mis ojos recordaron ésas playas,  
un lugar al cual abrazar
con ternura en         la arena tibia,
y esa mirada tuya tan enfocada en la muerte.
Ahí fue cuando me dije a mí misma,
¿por qué no hacer una película?
Porque ahora escribir sería muy difícil, imposible.
¿Por qué no una película?    
Y entonces salió el sol.  
Un pájaro cruzó  a lo largo del muro de la casa.
De la casa vacía.     
Voló muy cerca       , rozó una de las rosas,  
una de las rosas que llamo "de Versailles". 
El movimiento fue violento, el único movimiento
en ése parque bajo la luz uniforme del cielo.      
Escuché el crujido de la rosa
hecho por el pájaro        
en su vuelo de porcelana.     
 Miré a la rosa y la rosa se agitó     como si estuviera imbuida de vida
y después poco a poco se convirtió de nuevo en una rosa ordinaria.
Te quedaste en el estado de haberte ido.
Y yo hice una película por fuera de tu ausencia.
Pasarás una vez más en frente de la cámara.
Ésta vez la vas a mirar directamente.   
Mirá a la cámara.  
La cámara capturará ahora tu reaparición
en el espejo paralelo en el cual se ve a sí misma.
No te muevas. Esperá.
No te sorprendas. Te voy a decir lo siguiente:
vas a reaparecer en la imagen.
No, 
no te lo advertí.     
Sí, va a pasar de nuevo.
Ahora,     
vos ya tenías, atrás tuyo, un pasado,   
un plan.  
Ahora ya te hiciste viejo.       
Ahora estás en peligro. 
El más grande de los peligros que encontras
es parecerte a vos mismo,     
parecerte al hombre de la primer escena    
tomada hace una hora.
Olvidá más.    
Olvidá aún más.     
Mirarás a toda la gente en la audiencia,
a uno por uno a todos, a todos.
Acordate ésto, muy claramente:  
el cine es en sí mismo como vos, el mundo entero,
vos sos el mundo entero, vos, sólo vos.
Nunca te olvides eso. No tengas miedo.
Nadie, ninguna otra persona en el mundo
puede hacer eso y ahora vas a hacer ésto:
pasar por segunda vez por ése lugar hoy,
exclusivamente bajo mis órdenes, ante Dios.
No trates de entender el fenómeno fotográfico.
Vida.        
Ésta vez, vas a morir mientras mirás.
Vas a mirar a la cámara como miraste al mar,
como miraste al mar      
y los cristales de las ventanas y el perro       
y el trágico pájaro en el viento     
y las arenas inmóviles desafiando a las olas.
Al final de la jornada,    
la cámara va a haber decidido lo que habrás mirado.
Mirá.       
La cámara no miente.    
Pero miralo como si fuera un objeto de elección
determinado por vos mismo, algo por lo que siempre esperaste,
como si hubieras decidido enfrentarlo por fin,
comprometiéndote con eso en una lucha de vida o muerte.
Actuá como si hubieras entendido,      
ahora mismo,
como lo sostuviste en tus ojos,     
que era ella, la cámara,
que al principio       quiso asesinarte.
Mirá a tu alrededor.      
Tan lejos como tus ojos puedan ver
reconocerás esos estériles tramos de arena,
esos valles destruidos por la guerra, humillados por la guerra,
esos valles, a pesar de todo, ungidos para la felicidad,       
esos valles de película, de película,      
que  se miran el uno al otro, se enfrentan el uno al otro.
Date la vuelta.         Caminá.
Olvidá.    
Alejate de ése detalle, el cine.
La película permanecerá así.
Terminada.     
Estás al mismo tiempo presente y oculto, escondido.
Presente sólo a través de la película,   
más allá de la película, 
escondido de vos mismo,      
y de todo el conocimiento que alguien
pueda haber tenido de vos.
Mientras, ya no te amo.
Ya no amo nada,    
nada, excepto a vos, aún.      
Ésta noche está lloviendo.    
Está lloviendo alrededor de la casa y en el mar.
La película permanecerá así, como es.
No tengo más imágenes para ella.
Ya no sé dónde estamos,
en qué meses estamos, 
y el fin de qué amor,      
en el comienzo de cuál otro amor,
en cuál historia       nos hemos perdido a nosotros mismos.
Es sólo para ésta película lo que sé.
Sólo para ésta película.
Sé que ninguna imagen, ninguna
pero ninguna imagen, podrá perdurar.        
La luz no se ha quebrado en todo el día      
y no hay la menor brisa en las copas de los bosques o en los campos o en los valles.  
Nadie sabe si aún es verano o si es el fin del verano
o alguna otra engañosa, indecisa estación,
horrenda, sin nombre.  
Ya no te amo 
Como lo hice el primer día. Ya no te amo.
Sin embargo alrededor de tus ojos,
siempre ahí,   
esas extensiones rodeando la mirada,
y la vida que te conmueve en sueños.
Siempre queda        esa exaltación que viene
sobre mí por no saber qué hacer con todo esto,
con el conocimiento que tengo de tus ojos,
de las inmensidades que tus ojos exploran,
al punto tal de no saber qué escribir, qué decir,
y qué mostrar de tu noble insignificancia.
De esas cosas, solamente sé esto:
que no tengo nada que hacer ahora    
excepto sufrir la exaltación   
sobre alguien que alguna vez estuvo acá,
alguien que no estaba al tanto de estar vivo
de alguien que yo sabía que estaba vivo,    
de alguien que no sabía cómo vivir, como estaba diciendo,
y de mí misma quien lo supo
y de quien no supo qué hacer con ello,        
con ése conocimiento de la vida que él vivió,
quien no sabía qué escribir, qué mostrar;
quien no sabía qué hacer conmigo tampoco.
Dicen que el pleno verano está en camino, es posible. No lo sé.       
Las rosas ya no están, en el fondo del parque.
Las que a veces no son vistas por nadie durante toda su vida   
y que se mantienen así, en su perfume abiertas
por varios días         para luego caer en pedazos.
Nunca vistas por ésta mujer solitaria, quien olvida.
Nunca vistas por mí, ellas mueren.
Estoy en un estado de enamoramiento entre vivir y morir.
Es por tu falta de sentimiento       
que redescubro tu cualidad,
la de complacerme.       
Solamente deseo que la vida no te abandone.   
De todos modos, no me preocupo por su progreso,
porque no puede enseñarme nada acerca de vos,
solo puede dibujar la muerte más cerca de mí, lo hace
más tolerable, sí, deseable.
Así es como vos estás: enfrentándome, suavemente,
en constante provocación,   
inocente, impenetrable.        
Vos sos el Hombre Atlántico:
Vos no conocés ésto.
Nunca supiste nada de todo esto.
Nunca sabrás nada de todo esto.
Nunca. Nada. Nada. Nada. Nuca.